Kobe

05 septiembre 2012

Llevaba demasiado tiempo sin hablar de Japón y ya empezaba a sentir nostalgia, así que casi dos meses después de mi última referencia regresamos al país del sol naciente.

Aprovechando el Japan Rail pass decidimos pasar una tarde conociendo la cercana ciudad desde Okayama. Si bien es cierto que su ubicación es más próxima a Osaka, en nuestros planes venía mejor de esta forma y la diferencia de tiempo no era mucho mayor, así que subimos al tren y repasamos los incentivos de la visita.

Kobe no tiene una historia tan larga y abultada como otras metrópolis niponas, pues cuenta con poco más de un siglo de vida, aunque en ese periodo ha disfrutado y padecido casi por igual. Situada entre las montañas y el mar, es este último el favorecedor de su desarrollo urbano y cosmopolita, pues no solo ha sido puerta para el intercambio de mercancías, sino también de pasajeros, sobre todo chinos. Estos, al igual que en otras ciudades portuarias del país (véanse Nagasaki o Yokohama), formaron su propio barrio, aportando un estilo colorista y hasta cierto punto caótico que representa un gran acicate dentro del recorrido.

Al salir de la estación encontramos edificios modernos y grandes avenidas, aunque no me llaman particularmente la atención. Mi mente esta puesta en la zona del puerto, y allí es donde nos dirigimos. Debo reconocer que al llegar a los muelles nos desorientamos un poco, sobre todo tras cruzar bajo la enorme avenida que discurre paralela al mar. Vagamos sin rumbo por una calle desierta, miramos el mapa un par de veces sin aclararnos demasiado y finalmente tiramos de instinto. Muy mal no nos fue, pues al poco alcanzamos el parque Meriken, aliciente personal para acudir hasta aquí. Sobre el terreno ganado al mar hayamos uno de los principales memoriales dedicados al terrible terremoto que arrasó la ciudad en 1995, arrebatando la vida de 5.000 personas. Un trozo del paseo permanece congelado desde aquella mañana, imperturbable al paso del tiempo, testigo mudo de la tragedia. Parece simple, pero transmite más que cualquier descripción por detallada que resulte. Al contemplarlo siento impotencia y tristeza en la misma medida. Lejos estaba de imaginar que en pocas semanas sería participe de una nueva desdicha, aún más espantosa si cabe.


El atardecer perfila el anexo museo marítimo y la famosa torre del puerto, casi un estandarte de la ciudad. Antes de que se oculte el sol nos decidimos a subir, obteniendo una panorámica magnifica en un momento idílico. Kobe me entregaba más de lo esperado, ganándose mi afecto y respeto eternos.

Si disponéis de una tarde y estáis cerca os recomiendo no dejar pasar la ocasión. Una visita bien vale pena.




2 comentarios :

  1. Una de nuestras asignaturas pendientes en Japón... habrá que ir :D

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  2. Totalmente recomendable, sobre todo una vez visitados sitiios más turísticos. Como complemento es perfecta para pasar una tarde muy agradable y si hay ganas probar un bocado de su afamada carne!

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